miércoles, diciembre 02, 2009

miércoles

viento lluvia y resolana
nuestros tres jinetes
del apocalipsis meteorológico
están ahí a la espera
todos los días, todas las horas
desde finales de agosto
los ojos cerrados
el ceño fruncido
viento lluvia y resolana
la concha de tu hermana

miércoles, noviembre 25, 2009

miércoles

La regularidad de las cosas se entiende, como el trueno, con el tiempo. Los dos perros que aparecen corriendo en la esquina siempre se adelantan al auto blanco, no hay dos perros sin auto, no hay auto sin dos perros: los perros llevan el auto. Las chicas que pasan caminando a las ocho de la mañana son mucamas aunque para expiar culpas sus contratadores digan que son las chicas que los ayudan. Las chicas que ayudan a sus contratadores desandan su camino al mediodía y van más rápido y más contentas, algunas cortan camino atravesando el aeropuerto, y eso, las picadas que atraviesan el aeropuerto, también se entiende con el tiempo: las grietas, los intersticios, los atajos. La yegua que come pasto en el bosque de cipreses tuvo un potrillo gris hace una semana, Juan lo mira y se ríe, el potrillo toma teta y corre y a veces muerde a su madre y juega y otras veces se tira en el suelo y duerme. Casi todas las tardes los viene a buscar un paisano sin un brazo que tiene la manga de la camisa azul doblada y cosida. Cuando nos vemos nos saludamos con la cabeza. Recogen la basura los martes y jueves a la mañana en un camión verde. Las bolsas se apilan en la caja y el conductor fuma cigarrillos y los chicos que juntan la basura lo hacen despacio, con cuidado: abren los tachos y después los dejan abiertos. Al rato aparecen los perros, todos los perros, no sólo los perros del auto blanco, y olfatean y ladran y se muerden. Los viejitos de impermeable amarillo están todas las tardes en su jardín y cuando hacen compras vuelven en silencio con las bolsas blancas del supermercado hamacándose y golpeando sus pantorrillas. Son de Oregon, llegaron al Bolsón de casualidad, hace tres años. El no dijo por casualidad, dijo por accidente, en un castellano sinuoso y resbaladizo, el día que lo levanté en el renó nueve y nos presentamos y nos dimos las manos y yo le hice preguntas y le dije que era el nuevo vecino de la casa que está enfrente de la suya, y él dijo ah, the ones with the baby y yo le sonreí y asentí con la cabeza y le dije oh, yeah. Después lo dejé enfrente del supermercado y dijo gracias y yo seguí mi camino hacia El Hoyo. El cielo estaba gris y las nubes se pegaban a las montañas.

domingo, octubre 25, 2009

sábado a la noche

Hace un año a estas horas
caminaba por los pasillos
y las salas vacías
del Hospital Italiano
en busca de una oficina.
Se escuchaban mis pasos
y el eco de mis pasos
y el ruido que hace
el aire acondicionado
cuando se prende
y el silencio que queda
cuando se apaga.
En una de las habitaciones
estaba Lu,
me esperaba,
esperaba.

jueves, septiembre 24, 2009

jueves

Primo M se compró una moto con la que surca raudo las calles de Kaohsiung, Taiwan. Usa casco negro y brillante como algunas noches y anteojos de sol que lo igualan en rasgos a sus nuevos compatriotas, aunque sea un poco más alto. Estaciona la moto en un cochera que imagino inmensa y con ruidos de gotas que caen sobre el asfalto gris y manchas de aceite y ruidos a frenadas que suenan a lo lejos. Camina despacio hasta uno de los diez o doce ascensores del edificio donde vive, el Tuntex Sky Tower, el segundo edificio más alto de Taiwan, el que para nosotros, occidentales, tiene forma de tenedor clavado sobre la tierra y para ellos, orientales que usan palillos, tiene la forma del caracter Kao, que significa alto. El primer ascensor lo deja en el piso veinte. Allí camina por un pasillo alfombrado con música funcional taiwanesa y hello kitty y vidrieras de locales que venden cosas hasta llegar al segundo ascensor que lo deja en el piso treintaidos, donde está su departamento. Tiene vista al mar y por la ventana ve llegar los tifones y los monzones y todos esos vientos que llegan del estrecho volando todo a su paso. El departamento es chiquito, me lo dijo una vez por teléfono, pero tiene todas las comodidades imaginadas, aparatitos, botones, cables, luces. Y la vista, como decía, y los vientos y los ascensores más rápidos del mundo y miles de taiwaneses viviendo en esa ciudad vertical. Primo M trabaja de noche, con horarios de occidente, y de día estudia chino y cuando puede duerme y pasea en su moto y tiene enredos amorosos de los que a veces sale airoso y otras veces termina estropeado como esos árboles y esos autos y esos taiwaneses que quedan a merced de los monzones y tifones y otros vientos del estrecho. Va y vuelve, en moto, de noche y de día. Cierra negocios por teléfono, toma cervezas en bares extraños con extranjeros putañeros, escribe mails, chatea, actualiza su perfil de Facebook, aprende chino: todos los días va a clase y su maestra lo quiere y lo anima a seguir o al menos eso es lo que entiende. Viaja por paises vecinos y visita amigos: por todas partes del mundo tiene amigos y algunos de ellos nos visitaron en la chacra algún verano. Subina de Nepal, Mike de Canadá, Muran de Corea, así.
Primo M se compró una moto y maneja temerario por las callecitas de Kaohsiung, Taiwan. Esquiva bicicletas y autos y camiones y otras motos. Acelera en las rectas y frena en las curvas. Usa anteojos de sol hasta de noche para evitar el polvo y el viento que lo hacen lagrimear. Si hubiese una cámara que lo pudiera filmar de frente veríamos en los vidrios espejados de los anteojos las luces de las avenidas, las palmeras dobladas por la velocidad y el viento, los autos que van y los autos que vienen, los semáforos que cambian de color y la rueda delantera que muerde la banquina y la moto que se tambalea y las manos que se agarran firmes del manubrio y los ojos que se cierran y el asfalto que se acerca cada vez más, una línea blanca, espacio, otra línea blanca, espacio y el casco que golpea contra el piso negro y alguna chispa por el roce. Y si hubiese sonido escucharíamos todos esos ruidos a metales retorcidos y a motores acelerados, esos ruidos que aturden porque terminan y enseguida todo es silencio y empiezan, de a poco, a aparecer los otros ruidos: perros, autos, pasos sobre la vereda de taiwaneses que se acercan a preguntarle a este señor de la moto que hasta que no se saca los anteojos parece un coterraneo pero un poco más alto que la media si está bien, y sí, estoy bien, dice o cree decir en chino y después lo repite en inglés y en francés y en castellano, para asegurarse de que está bien en un idioma que entienda.

miércoles, septiembre 23, 2009

miércoles

Somos varios sentados en las banquetas de un bar que parece estar en un hotel que parece estar en un shopping, el piso es alfombrado y la barra es de madera de roble barnizado y lustroso. Los más grandes: mi abuelo y yo. Mi abuelo está por cumplir ochenta años y entonces nos invita al hotel, o al menos eso pienso ahora, que busco un motivo. Todos piden jugo de naranja exprimido que viene en un vaso largo con sorbete y paraguas. Mi abuelo pide un trago que se llama Peckinpah. Como Sam, le digo a la barwoman de pelo negro y ojos brillantes. ¿Qué?, responde y pregunta, sorda por el hielo de la coctelera. Como Sam Peckinpah, Perros de Paja, le digo. Sin mirarme asiente: quiere detener esta conversación lo más rápido posible. Entonces vos querés otro Peckinpah, dice después de servir el trago de mi abuelo en una copa de martini. No, no, yo quiero un whisky, un Johnny Walker. ¿Mezquino o generoso? pregunta. No entiendo nada: quiero un whisky en un vaso con un hielo, quiero que me mires mientras me lo preguntás, quiero estar cómodo, quiero estar descalzo, con mis pies sintiendo la alfombra entre los dedos.
Mientras lo sirve, mezquino, generoso, da lo mismo, salgo a dar una vuelta por ese lugar. En donde debería haber una escalera hay una disquería, con un potus en la entrada. Los discos están sobre el piso en columnas de medio metro de altura. Miro las tapas y no reconozco ninguna. Hay una puerta que da a una habitación en la que hay tres gringos. Les pregunto si alguien sabe algo del vendedor de discos. No entienden de qué les hablo y en un idioma extraño me piden que por favor salga del cuarto. Vuelvo a la disquería. Estoy un rato y decido salir. Había planeado robarme algunos discos: también hay remeras y posters pero no me interesan. Salgo con las manos vacías y con sed.
Vuelvo al bar. Hay olor a perfume y todos ríen. Mi abuelo me dice: sabías que el Peckinpah lleva Chanel Nº 6. No, le respondo, no sabía que un trago se hacía con perfume y tampoco sabía que hay un Chanel Nº 6, pensé que todo empezaba y terminaba con el Nº 5. Mi abuelo se ríe y toma un sorbo y mientras se limpia los labios con la manga de la camisa me dice: todo lo que te falta saber todavía.

lunes, septiembre 14, 2009

lunes

Hace ya varios días que las condiciones para escribir están dadas. Llovió mucho y después salió el sol, por ejemplo. Llovió tanto que los ríos crecieron y el ruido de las gotas sobre las chapas se incorporó al repertorio de ruidos usuales, como el camión que junta la basura los martes y jueves y sábados por la mañana, o al reggaeton lejano del vecino, o la heladera, que parece despertarse sobresaltada de repente y enseguida vuelve al silencio o al menos a un ronquido constante y por eso inaudible. Después paró de llover, como siempre para. Y cuando para, que no es un momento definido sino una progresión de momentos -las gotas más espaciadas: otros ruidos, otros olores, otros colores- siempre queda flotando la sensación de qué sucedería si nunca más parara: si esto que duró siete días con sus noches siguiera así para siempre, y los charcos de la calle se hicieran arroyos, y los arroyos ríos y los ríos lagos y los lagos mares y así, que ya se entiende la idea. Porque, más allá del refrán que anuncia, empírista, que va a parar de llover porque siempre paró, al octavo día de lluvia ininterrumpida repiquetea en las cabezas de varios esa duda: ¿y si fuera ésta la primera vez que siguió?
Pero paró, ya lo adelanté. Y salió el sol y pareció, más allá de algunos charcos que reflejaban nubes, que nunca había llovido ni nunca había parado, que siempre había estado allá arriba el sol amarillo y los días celestes y fríos, y esos charcos andá a saber cómo aparecieron.
En alguno de esos días de sol Lu, Viole y Juan fueron al laberinto. Las ovejas los miraron pasar y apenas si levantaron sus cabezas del pasto. Los teros, no. Los teros gritaron, volaron, gritaron otra vez. Los pinos reflejaron gotas de agua en la punta de las pinochas, gotas de aguas como prismas, como cuarzos, gotas de agua como miles de arcoiris en las miles de las ramas de los miles de los pinos.
Cruzaron el foso y se adentraron en el laberinto. Sacaron fotos, sintieron frío en los cachetes, conversaron, pensaron cosas que yo no podría precisar. En alguna esquina Juan perdió una zapatilla. Volvieron a casa y en el camino compraron helado.
Después volvió la lluvia, porque el refrán hasta ahora también funcionó siempre a la inversa: siempre que paró llovió. Y nos olvidamos para siempre que los árboles estaban en flor y que las cumbres de los cerros estaban nevadas y que había ovejas que saludaban displicentes y teros que hacían un despliegue innecesario y brotes en las ramas y cuarzos en las puntas de las pinochas de los pinos. Y pensamos en la lluvia y en las películas que se ven cuando llueve, y en la música y en el pan de la máquina de hacer pan y en la radio y en el mate, y también volvimos a pensar, pero esto no lo dijo nadie, en la posibilidad de que nunca más parara de llover.
Poco después, paró.

sábado, agosto 22, 2009

sábado

Leo mientras Juan se duerme. Sentado en el banquito con almohadón de cuero de cabra, mis ojos van de letra en letra, de palabra en palabra, de párrafo en párrafo y cada tanto se desvían y miran hacia el costado y Juan está parado en su cuna, con los párpados rojos de cansancio pero contento igual, levantando juguetes, libros, mantas y ofreciéndoselos al cielo, o al techo, que está más cerca, y dejándolos caer, hablando en lenguas ininteligibles, riendo.
Juan cierra los ojos mientras Bruce Chatwin recorre caminando los caminos ventosos de la Patagonia. Juan bosteza y ahora el mismo Chatwin está en Australia bajo el sol abrasador de un desierto, siguiendo los misteriosos trazos de la canción, intentado entender a los viajeros para entenderse, por fin, a él mismo. Juan suspira y su tocayo García Madero busca a los detectives salvajes por el DF y después los encuentra para perderse con ellos otra vez. Juan se sobresalta en un sueño que nunca vamos a poder imaginar y Lawrence Breavman madura y se enamora y por las noches camina por una ciudad que tiene un lago y piensa en poesía y de día se enamora y trabaja en una fábrica. Juan respira tranquilo otra vez y los viejitos y las viejitas de Muriel Spark toman té sin preocuparse, al menos unos minutos, por la muerte inminente. Juan se despierta y el Perito Moreno está por llegar a la naciente del río Santa Cruz. Juan se aburre en la cuna y quiere salir y Lorrie Moore me dice al oído con una voz que es hermosa pero tristísima como una noche tristísima que la vida, a veces, no es fácil. Juan empieza una manifestación de aburrimiento extremo que incluye cacerolazo y aplausos y grito eaeaeaeae y el pescador lucha contra la tanza que le corta las manos y el pez enorme se hunde y después salta, mostrando la cola y las aletas plateadas y su poderío y vuelve a hundirse en el mar cálido del caribe, mientras desde el este la oscuridad avanza cubriéndolo todo.
Así, en esos momentos de paz, que casi siempre están iluminados por una luz cremosa que entra por las ventanas y que contrasta con la oscuridad de la madera encerada del piso, y musicalizados con las gotas de lluvia que golpean testarudas contra las chapas, soy un testigo de infinitos mundos que nacen y crecen y se reproducen y mueren en ese cuarto, bajo ese techo, con Juan a mi lado, sentado en la cuna, hablando en lenguas, riendo.